La la land: es lo mismo pero no es igual

Era el verano del 2015, y mi última fascinación cinéfila era Whiplash, historia que contaba la competitiva relación entre un director de orquesta de jazz y el nuevo baterista. Una historia que relata la obsesión del ser humano por la perfección, con un final que no da tiempo ni para pestañear ni morderse las uñas, así de tenso. Quien estaba detrás de la dirección y guion de esta película es el estadounidense Damien Chazelle. Por eso cuando anunció que estaba en proceso de crear un musical llamado “La la land” (2016) mis expectativas eran altas, muy altas. Sin embargo, al verla me sentí tan decepcionada como el Ministro de Obras Públicas al ver el Puente Cau- Cau, y he aquí el por qué.

“La la land” es una historia que se sustenta en la típica receta hollywoodense, una/ un actriz/actor, cantante, bailarina o bailarín fracasado, deja su ciudad natal para buscar la fama y el éxito. Obviamente el/la protagonista tiene un romance, lo más probable que con otro artista igual de fracasado. Para hacerlo más original (nótese el sarcasmo) todo se desarrolla en Los Ángeles, y si no es ahí entonces es en Nueva York. Este argumento ha sido más que explotado, en diferentes formatos, pero la esencia es la misma, hasta David Lynch lo utilizó para Mullholand Drive, aunque claro a su retorcida manera.

Emma Stone, quien interpreta a Mia la protagonista del musical, se gradúa como la nueva musa o producto de la industria cinematográfica norteamericana cumpliendo con las tres “ar”. Bailar, cantar y actuar, lo fue en su momento Judy Garland, Marilyn Monroe, Liza Minelli, etc. Sí, el antiguo estereotipo de la mujer como objeto todavía permanece. Además de este trío de cualidades, Stone constantemente hace caras chistosas y no teme al ridículo, lo que en su justa medida no estorba, pero en este caso da la sensación de sobreactuado, nadie en la vida real es tan histriónico 24/7. Aunque vale recordar que es un musical, y que en la vida real tampoco la gente anda bailando y cantando a cada rato, por lo menos en nuestros tiempos.

Otra cosa es el co-protagonista de la historia, Ryan Gosling, y es que, si su compañera se luce y brilla, el actor interpreta a Sebastián un melancólico, nostálgico y fanático del jazz, que busca revivir la euforia por este género en los tiempos de la supremacía musical de “Des-pa-cito”. Y si bien Mia pasa por penurias y derrotas, en el personaje de Gosling hay una evolución, ya que al no tener dinero vuelve a trabajar con un ex amigo (John Legend baladista pop que al parecer tiene dotes actorales) en una industria musical retratada en el filme como superflua, que solo busca el vender. Sebastián se ve envuelto en su propio ego, y a pesar del debate que sufre consigo mismo el personaje, Gosling resulta insípido, carece de esa pasión por la música y el jazz, es el equivalente a Piñera hablando de los derechos de las mujeres, una no le cree el cuento.  

Ahora de la otra protagonista de la película, la música no hay duda de que es una composición impecable, a cargo de Justin Hurwitz, con canciones pegajosas, de esas que una tararea sola, ya se quisiera Lucho Jara un compositor así. Tampoco es que sean los grandes hits musicales, por lo menos no al nivel de Grease, cuyas canciones le permitieron a Olivia Newton John iniciar una extensa carrera musical. Otro dato es que Stone tiene un solo musical con la canción “Audition (The fools who dream)” que a muchos les puede traer la imagen de “Los Miserables”, cuando Fantine canta “I dreamed a dream”, ambas cantan de lo que cuesta seguir los sueños, y también hay llanto incluido. Melodrama asegurado.

En cuanto a la fotografía, a cargo de Linus Sandgren, ganador de un Oscar por su trabajo en “La la land”, es literalmente un arcoíris, todos los colores posibles se pasean en las dos horas aproximadamente que dura la película. Esto no quiere decir que sea fea, al contrario, es un halago porque puede que tanto color sature la vista, pero en este caso hace más atractivo los escenarios y ambientación. Sale a relucir el encanto que tiene la ciudad, los atardeceres, sus colinas, calles, locales, lugares típicos y estudios de cine, reflejan esa onda veraniega y bohemia que siempre ha presumido tener L.A.

Volviendo a “La la land”, en resumen, no es una película malísima, por algo ganó el Oscar a mejor película durante treinta segundos. No obstante, una tiene esa constante sensación de “esto ya lo he visto”, de hecho, fanáticos de la película han creado vídeos donde muestran todas las referencias a otros musicales (como este), y son muchas. 

Ese el gran error de La la land, usa la fórmula segura del éxito, no hay riesgos, ningún plot twist, se vuelve predecible, y lo que menos debería ser una película es predecible. Si la cinta se presentara como un homenaje a los musicales clásicos y no como la gran revelación, me habría dejado satisfecha. En el fondo Chazelle se tenía merecida la decepción de que le arrebaten un en el escenario. Sí hizo un trabajo impecable, sin embargo, dónde queda lo auténtico. Es como si un cover de una canción de ganara un Grammy a mejor canción del año, dónde queda la creatividad. No digo que un guionista o director no deba inspirarse en otros, sería imposible, pero a partir de esta inspiración hay que crear contenido propio.

 A quienes buscan un musical de los clásicos y clichés hollywoodenses les va a encantar. Tampoco hay que menospreciar el género fílmico que es el musical por caer muchas veces en estos mencionados clichés o rozar en lo ridículo y dulzón, hay grandes musicales como The Rocky Horror Show, Grease, Jesucristo Súper Estrella, Hairspray de John Waters (evite a toda costa la versión con Zac Efron). Solo por nombrar aquellos que la rompieron en su momento y que todavía lo hacen, es cuestión de buscar y no caer en la típica historia hollywoodense de amor.

Por Valentina Ortega Ortiz

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