JAZZ, RAP Y OTRAS FRONTERAS
Me encontraba
-o me perdía- en el festival Frontera, versión 2015. Una especie de
Lollapallooza clase media, tirado para media-alta.
Esta vez, me
alcanzaban las lucas.
Estaba como
alegre testigo de la cantidad de agrupaciones que no conocía. Un pulcro y
relajante bosa de Natirux, artista brasileño, por ejemplo.
La performance
de los Tetas (que ya había escuchado en los noventa), con varias octavas más
abajo de lo normal, junto a un Tea Time que cantaba como barítono a fuerza de
puro.
La ejecución musical de Ciro y los Persas era
asombrosa. Sin embargo, su rock con aires de blues y candombe no prendía al
público del escenario Andes (por cierto, eran 5 escenarios). Tal vez era como
una orquesta de cámara tocando en un escenario demasiado masivo, estelar.
Aunque uno de los platos fuertes de la última parte, también venía con orquesta
en vivo. Era la performance del rapper
español Kase. O.
“Jazz Magnetism”, fue un disco que me
catapultó hacia la adultez. En 2011, Javier Ibarra (nombre original de Kase)
lanzaba una fusión sofisticada de rap con Jazz, en conjunto con una banda de
músicos, con los que se conoció en Zaragoza, su lugar de origen. Se encontraron
en un bar, para empezar a gestar una obra sobresaliente, llena de guiños a los
clásicos de jazz norteamericano y todo el rollo poético del rap español. Un
país donde el género más que ser rebelión ante el sistema, se transforma en una
pieza alternativa de la basta literatura española.
Todos los músicos se juntaron,
excepto la voz. Improvisaban. Algo que no es noticia en el jazz, pero que se
sabe, demanda virtuosismo y conocimiento profundo entre los músicos que lo
ejecutan. Dieron una intro de 7 minutos.
Un mix de piezas clásicas, donde Astudillo lució sus gustos con toques
de Charlie Parker, Paul Desmond y Miles Kennedy. Se armó una fiesta de ritmos y solos
trepidantes, acompañado del saxo y la batería lucia unos riffs de estilo funk.
Las fusiones no parecían forzadas. No son puristas del jazz. Tienen una
diversidad de gustos que siempre hacen ver.
Las luces se apagaron.
La entrada de Kase O no fue con
la fanfarria clásica. Vestía con un pantalón, gorro y polera ancha de color
negro con un gran rostro de Martin Luther King estampado, con la frase “I have
a dream”. Una subida en el volumen e intensidad de los instrumentos, dio la
bienvenida al mc que empezó un speech de introducción para todas sus
presentaciones, con algunos retoques. Pidiendo ruido a cada hemisferio del público.
“Vamos a subirnos a este viaje, Santiago de Chile. Ya no estamos en el festival
frontera. Este es el vientre de una sola madre y hoy todos somos hermanos.
Vamos a volver a nacer, nos vamos a deshacer de la histeria del pasado. El
micro y yo, / historia de un amor loco, / yo era un romántico, / me llamaban
KASE O.”
“Libertad” era la primera
canción. También en el disco. Ellos realizaron giras antes de grabar el
material de 2011. Sonaban como si se conocieran de toda la vida. El tema sonaba
más rápido que en el álbum. Lo volvía mucho más entretenido de escuchar.
Al final del track, Kase
presentaba a todos sus músicos y reforzaba la idea de convertir este concierto
en un viaje. Hablaba de hacernos imaginar. De que somos individuos llenos de
habilidades e infinitas posibilidades.
Un
sampler de la película Leaving Las Vegas de Nicolas Cage, citaba a una mujer
diciéndole al personaje “A parte del olor a alcohol y de algún babeo ocasional,
algunas veces dices cosas muy interesantes…” Los arreglos de Comas daban inicio
a “A solas con un ritmo”. El público explotaba en un ¡Wooow! coral. El MC
invitaba a las chicas a despegar de Santiago, para bailar un tango en la ciudad
del pecado. “Para tu música y escucha la mía, hoy es mi día…”. Era una locura.
Una pieza elegante, con toques de saxo que me hacía imaginar a esos detectives
con sombreros de ala y puro, en los tiempos de Alca pone. En general el disco tiene esa sonoridad. Es
como estar en un club nocturno, lleno de humo, vasos de licor, strippers y un
largo etcétera dentro
de la fauna bohemia.
Hugo Astudillo, el saxofonista,
se mandaba unos párrafos en el disco. Una canción como de comerciales, llamada
“Mc Escandaloso Xposito”, que no brillaba mucho. Probablemente un punto bajo de
la producción.
El MC comenzó a lanzar discos
para el público. Era mi tiempo.
“Renacimiento” es una canción con
la que me encontré durante un periodo medio depre de 2011. Cuando la escuché
por primera vez fue como una epifanía. Luego de pensar pro años que el rap
español era puro llanto, melancolía y poesía, escuchaba una pieza llena de
alegría y optimismo. Tenía el nombre bien puesto, era una especie de redención.
La escogió para terminar el concierto. Con un jovial arreglo funkero de
guitarra, la batería en un compás rápido y monótono, propio de un beat, se
volvía la base de los versos. El solo de Astudillo sonaba diferente al disco,
con toques adicionales y bien ensayados. Llevaban cuatro años tocando juntos lo
que ya les daba todo el training para cambiar ciertos detalles en la ejecución.
Lanzó otro disco. Venía en
dirección hacia mí. Lo tomé. Inmediatamente lo escondí en mi pantalón (ok, una
técnica no muy agradable de escuchar). Disfruté la tocata como un fan. Muy a mi
estilo, sin lamidas de botas ni desesperación por el individuo, que sé que no
me conoce y tampoco quiere que lo divinice. No obstante, estaba contento. Me
llevaba la experiencia. Las improvisaciones de la banda, exclusivas para esa
tocata, que es lo bonito del jazz. Vivir unas horas antes, la antítesis potente
del rap de beat y tornamesa con B- Real, de Cypress Hill. Y, por último, la
fotografía del sonido. El preciado álbum de Kase O y lo magnéticos. No lo
encontraría fácilmente en disqueras chilenas.
Al menos eso juraba.
A la salida del club hípico, a
eso de las 2 de la mañana, revisé mi pantalón.
Era el disco del saxofonista.
Green Gourmet. Astudillo se estaba vengando en mi cara por pensar en criticarlo
un par de años más tarde.
Por Felipe Pastén Fernández



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