Santiago no se vive igual que a los seis años


Por Valentina Ortega Ortiz
Creo que en la infancia la gran mayoría tiene la capacidad de sorprenderse y ser feliz con muy poco, algo que con los años se va perdiendo, algunos más que otros. Yo asumo que cuando era niña todo me sorprendía y llamaba mi atención,  en especial por ser de provincia, cosas como el metro, los altos edificios o las micros amarillas eran cosas que una veía por la televisión. Ese es el motivo de que si hay algún lugar de Santiago que recuerde visitar en mi niñez es el Santiago mismo.

Me gustaba andar en metro, para mi yo de 6 años era toda una experiencia futurista, porque el carro andaba súper rápido, debajo de la ciudad y los túneles se alumbraban con luces de color neón. Recuerdo ver en los comerciales del metro que la gente se afirmaba de los pasamanos del techo, entonces yo pedía que me tomaran en brazos para usarlos como todos los pasajeros. Pero si había algo más entretenido del metro era pasarme por debajo del torniquete para no pagar pasaje, mucho más adrenalínico que ir Fantasilandia.

Por lo general el viaje en metro llegaba hasta la estación Moneda, de ahí había que bajarse para ir al centro. El típico motivo de estos paseos era el acompañar a hacer trámites, ya sea mi tía o mis primos tenían que pagar, comprar o ir a buscar algo y me llevaban de yapa, por lo tanto el recorrido seguía generalmente por el Paseo Ahumada. A esa edad yo juraba que debía su nombre a la cadena de farmacias, por lo que todo el camino me iba contando cuantas había, y efectivamente en esos años eran varias las farmacias Ahumada.

Otro lugar que siempre recuerdo del centro de la ciudad era el Palacio de La Moneda,  y es que cuando una es chica en el colegio están constantemente haciendo educación cívica, cantando el himno nacional  todos los días, y  quien no soñaba con ser presidenta de la nación, ahora me doy cuenta que el cargo está sobrevalorado. El punto es que ver la  Moneda era casi como ver a alguien famoso, porque para mí infantil ser era la única oportunidad de ver algo que a cada rato salía en los medios, el lugar más popular de Santiago, siempre lleno de turistas sacándose fotos.

A los seis años era bastante ingenua, pero creo que todos lo fuimos, y probablemente esa ingenuidad lograba entretenerme con lugares cotidianos para la mayoría de la población, lugares que hoy en día  sí me son cotidianos. Ya me da lo mismo si paso o no por La Moneda, no me fijo si todavía quedan farmacias Ahumadas en el Paseo Ahumada, y no le encuentro lo divertido a andar en metro, o sea crecí.

Las mismas cosas que de niños nos encantaban puede que ya no lo hagan, sin embargo siguen cargadas con los recuerdos que construimos en base a esos lugares. Santiago me sigue pareciendo un lugar interesante, siempre hay un panorama si una lo busca, no importa si tienes plata o no. Nunca falta la plaza, el museo o la picada que visitar, y eso logra que todavía capte mi atención,  da lo mismo si ya no puedo pasar por debajo del torniquete en el metro, sigo mirando las luces del túnel como cuando tenía seis años.  


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