Una infancia a lo rural
Supongo que fue algunos años antes pero cerca de los cuatro o cincos años se forman mis primeros recuerdos. Recuerdos de una infancia feliz, no opulenta, pero llena de calor humano. Para un niño es más que suficiente la imaginación y suficiente espacio para correr.
Como hija única, con madre dueña de casa y una abuela materna casi de vecina, mi historia se repite como muchas de ustedes, creo, pasando buena parte de tiempo en casa de esa “vecina”.
Chimbarongo, en ese tiempo con pocos lugares pavimentados, era un lugar especial entre carretera y cerro. ideal para montar casas modestas- para trabajadores del latifundista, patrón o como se le diga en estos tiempos.
No se si para una persona de ciudad será un gran viaje, o quizàs hasta les resulte repetitivo, no es mi intención describir una foto en sepia. Y aunque ruta diaria ùdo resultar monótona, para mí fue una aventura diaria.
Recuerdo esa casa como a mi rut. Una entrada inolvidable digna de mis sueños, con una pequeña reja de madera pintada de blanco (estilo cerca gringa), un antejardín que te daba la bienvenida de la mano de un riachuelo que estaba rodeado como otra cerca pero de majestuosas hortensias- regadas por este riachuelo, y si sigo avanzando una terraza con sillones de mimbre, un clásico de tardes estivales rurales.
La casa para mi era enorme, pues ahora si le doy una vuelta no lo era tanto. Cuatro habitaciones, un living comedor que las separaba en dos y dos. Pero ahora mi lugar favorito una especie de pasillo que también era el acceso de la cocina al patio. Es donde corría, jugaba, comía y reía cada tarde.
Mientras que por el día los patios y los animales hacían de recreación. Aunque en este cuento no siempre estuve tan sola, muchos de mis tíos que trabajaban y vivían cerca pasaban a almorzar o saludar; y en pleno verano vestían de cerezas la casa, con un aroma que te podía inducir a la diabetes. Si por algo podemos destacar la sexta región es por la calidad en sus frutas, la mayoría de exportación.
Pero deberían haber visto esos otoños en el patio, para mi el nogal y el níspero eran juegos de plaza, verdaderas montañas para escalar. Todas mis cicatrices de rodillas y codos se las debo a esos bellos árboles, y bueno algunos otros de picoteos de gallina de los que no me salvé.
Pueden ser pasajes, colores y aromas que marcan una infancia, pero esa es solo una época. La vida avanza y con ello llegó la hora de entrar a colegio y cambiarse de ciudad. Se terminaron mis tardes de cerezas y nueces peladas por mi abuela, ya no era el bebé de la familia, era una escolar con dibujos que colorear.
Como se habrán dado cuenta no hay fotografías, quisiera volver al año 2000 y tomar y tomar fotografías, pero ya nada de lo que describí está en pie, el avance de los negocios y plantaciones asiáticas derribaron todo lo que alguna vez significó una infancia feliz. Se llevaron absolutamente todo lo material, no así mis recuerdos.
por Bárbara Díaz


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