Vicuña, la joya del valle.


 Dedicado a Melany Monardes Urbina.

Recién tenía cuatro años, y Vicuña fue el primer viaje de mi vida, sola. En la familia de mi papá soy la segunda prima más grande. Luego de mi persona, viene mi prima Melany, dos años menor que yo. Su familia se trasladó al valle antes de que ella naciera, y la relación con sus papás siempre ha sido buena.


Un día de enero del año 1998 mi tía Mónica y mi tío Ricardo le propusieron a mis papás llevarme a Vicuña para que mi prima, de dos años en ese momento, no estuviera sola. No recuerdo con exactitud cómo fue el trámite, pero luego me encontré viajando en una camioneta con destino desconocido para mi. Y, desde ese entonces, el vínculo que existe entre Vicuña y mi alma marcó para siempre mi vida. Con cuatro años, estuve fuera de casa dos meses.

Vicuña está ubicada en la provincia de Elqui, cuarta región de Coquimbo. Limita al norte con la comuna de Alto del Carmen, al oeste con las comunas de La Higuera, La Serena y Andacollo, al este con Argentina y al sur con las comunas de Paihuano y Río Hurtado. Además, es conocida como la capital del Valle de Elqui y de ese brebaje que a todos les gusta, menos a mi: el pisco. Pero, lo más importante de Vicuña es que fue la cuna de la grandiosa e incomprendida Gabriela Mistral, quien ganó el Premio Nobel de Literatura en el año 1945.

Antes de llegar al pueblo, se puede apreciar el –en ese entonces- gran Embalse Puclaro, de aguas turquesas y poseedor de un aura misteriosa. Nunca olvidaré el miedo que sentí al ver tamaña cantidad de agua tan lejos y tan cerca al mismo tiempo. Al estilo de camino costero, el embalse rodea todo el camino a Vicuña, sin nada más que cerros a su alrededor. Hoy, el embalse está secándose.

La casa de mis tíos es grande. Tiene un huerto gigante lleno de parras, aromos, menta, cactus, litre, maitén, paltos, naranjos y otra flora típica de la zona. Mi prima tenía en el patio una pequeña piscina de esas redondas inflables de los 101 Dálmatas, pero para nosotras era enorme. Recuerdo al Bongo, un cocker juguetón y protector. Siempre estaba cerca de nosotras, y nos acompañaba cuando íbamos al huerto a jugar o a darle comida a las gallinas. Incluso había una parte prohibida para nosotras en ese lugar, pero a los cuatro años y siendo la líder, siempre obedecimos a mi curiosidad. Fue la primera vez que vimos el nacimiento de la miel, esa que comíamos con fruta de postre, después de haber almorzado.

Sin embargo, luego de ya dos meses de tener a esos papás sustitutos, comencé a extrañar a los míos. Fui víctima de una pena grande, llegando al punto de que me salieron piojos. Mi prima nunca tuvo, ni en ese momento ni en ningún otro. Y así volví a Santiago, a mi casa, a los brazos de mi mamá.

A medida que fui creciendo, Vicuña fue el lugar al que iba toda la familia a vacacionar. Cuando tuve la noción de “historia”, me di cuenta de que a los cuatro años había caminado por las mismas calles que transitó la Gabriela cuando tenía mi edad. Me di cuenta de que estuve en la Cooperativa Agrícola Pisquera Elqui Limitada (CAPEL para los borrachos), siendo testigo del proceso de embotellamiento del pisco. Incluso conocí al Ruperto, famoso burro del pueblo de Cochiguaz. Sí, el mismo del pisco.


La última vez que estuve en Vicuña fue en el verano de 2016. Mi tía Mónica me llevó a trabajar la uva. Con mucho orgullo puedo decir que fui temporera, que me levantaba a las seis de la mañana para llegar al pueblo de Pisco Elqui, donde está la agrícola El Cerro. Ahí aprendí el real significado de ganarse cada peso a cuesta de tu propio esfuerzo, y gracias a eso, con mi prima Melany nos fuimos juntas a Argentina. Esta vez la historia se repitió, pero ahora porque pudimos y porque nos gusta viajar juntas.

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